Enseguida tuve que dejar un poco de lado las emociones que me generaba, no sólo estar en Bariloche una vez más, sino la manera, el vehículo y las circunstancias en las que arribé en esta oportunidad, con más razón se me llenaban los ojos de lágrimas, porque no fue tarea para nada sencilla. Lamentablemente las foto en el Centro Cívico y aledaños quedarán para otra vida, porque pase de largo y no creo que regrese, en fin, en la casa ciclista de Coco hay en el fondo una parte del terreno que tiene un domo muy grande, que aún le falta ultimar detalles de cerramiento y el baño, por lo que allí solamente duermen los viajeros, y utilizan el baño, cocina y living comedor de la casa principal, eso sí, hay que entrar sin zapatillas y ayudar a mantener el orden y la limpieza, cuestiones que un viajero conoce a la perfección. Aquí me encuentro con Taneli que es de Finlandia, hace Bikepacking y partió de su ciudad hace 3 años y medio, recorrio Europa, Asia e Indonesia, y llego en avión a Ushuaia hace unos 6 meses ya que trabajo en Tolhuín un tiempo en la panadería de la Casa Ciclista en esa ciudad, es delgado, habla muy poco español y prácticamente nos comunicamos en inglés, me cuenta entre algunas cosas que no viaja por rutas sino más bien por caminos vecinales o huellas, que logra explorar desde su iPhone por medio de una App llamada MapOut, que dicho sea de paso está muy pero muy buena, actualmente se quedó sin dinero por lo que está viendo qué posibilidad tiene de encontrar algunos sponsors para poder continuar su viaje con destino final Alaska. Cerca del anochecer llega del centro el amigo Honza, quien es de República Checa y hace un año que viene viajando aproximadamente, ronda los treinta y pico y habla menos español aún que Taneli, pero es más entusiasta y esa misma noche después de cenar nos mostró en su notebook fotos de su país y alrededores, al mismo tiempo que nos convidaba pasta frola que compró por la tarde, ya que al otro día seguía viaje hacia el sur. Esa noche hizo bastante frío y con mi bolsa de dormir que no es lo suficientemente abrigada aún con el Vivac, pase un poco de frío, y al día siguiente aproveche a lavar una muda de ropa y comunicarme con Gastón, un amigo del interior del Chaco que se fue a trabajar a El Bolsón y a quien visitaría en unos días, Coco me comento que debía ir a un curso a unos kilómetros de este pueblo asi que me vendría bien una ayudita. Aproveché a llevar a una bicicleteria mi bicicleta a ver si podía solucionar que un tornillo del porta equipaje que va al cuadro se me corto quedando la mitad del tornillo metido en el cuadro, cosa que lograron quitarlo, pero la rosca quedo mal y el tornillo no ajusta, se debe a que llevo demasiado peso, ya que el porta delantero de un lado se me corto el hierro junto a una costura de soldadura, pero eso lo voy a atender una vez que llegue a Cholila ya que me detendré unas semanas allí. Pasé el día admirando las montañas, el lago, respirar ese aire, tratar de darme cuenta de donde me encontraba, tantas ganas que tenía de caminar, andar en bici, recorrer, perderme en esos senderos, caminos, tapados de árboles y con subidas y bajadas constantemente, bueno, allí estaba, contentísimo y desbordaba felicidad, por fin La Patagonia. Al día siguiente cerca del mediodía subí la bici con todos mis bolsos a la camioneta de Coco, y partimos al Sur, nos acompañó Taneli, quien iba a pasear a El Bolsón, ni bien salimos de Bariloche empecé a emocionarme, Villa Catedral, el acceso a el Cerro Tronador, el Lago Gutiérrez, ese camino es mágico, esas montañas tan cerca, llenas de nieve, resguardadas por los lagos, cubiertas de bosque, sinceramente no recuerdo que hablaban en la camioneta, veníamos charlando en ingles asi que puse mi mente en castellano y me perdí unos minutos mirando al costado del camino, por un lado me entristecía no pedalear ese tramo, pero a su vez llegaría a Cholila que me esperaban hace una semana. Al llegar a El Bolsón armé la bici y fui a la Brigada de Incendios Forestales, consulte si recibían viajeros y podría quedarme esa noche y recibí negativas ahí como en el cuartel de Bomberos Voluntarios más al centro, un poco me lo imaginé debido a que es un pueblo de mucho tránsito de mochileros y viajeros, y no pueden estar alojando a medio mundo. Fui hasta casi el otro lado del pueblo a visitar a mi amigo Gastón y luego de una charla y mate poniéndonos al día y contándome de su nueva incursión laboral allí en El Bolsón, nos fuimos hasta la casa de su hermano, que amablemente acepto darme alojamiento esa noche en una pieza que tenía una cama de más, comimos unas pizas muy ricas, ducha calentita y a dormir que venía aún bastante cansado, y de paso aprovechar una cama calentita. Al otro día luego de desayunar rapidito y para no molestar el descanso del hermano de Gastón, ya que era sábado y aprovechaban a dormir un poco más, partí, sin antes pasar por la casa de Gasti a saludarlo y agradecerle por la hospitalidad recibida; puse rumbo a Epuyén, subidas interesantes, pero se hacían amenas, porque cada media hora o cuarenta minutos me detenía para sacar la cámara y capturar esos hermosos paisajes, de varios ángulos, insistentemente al principio tratando de que se vean igual en la foto que con los ojos, y luego resignarme a que definitivamente no es lo mismo una foto que verlo con los propios ojos. Así pase por el Hoyo, una majestuosidad de pueblo al que se accede desde la ruta en un textual descenso a un hoyo rodeado de montañas, y continuar la ruta por un hermoso valle que obligadamente al final debería desembocar en unas subidas para salir de allí y serpentear las montañas ahora en subida y alcanzar el pueblo de Epuyén, que me sorprendió gratamente el leer un cartel que decía “Bienvenidos a Epuyén, una localidad que aprecia más la vida, que el oro!”, entonces aproveche, me detuve y luego de la foto obligada me almorcé unos sándwiches de mortadela y queso y unos ricos mates, ya que el pueblo estaba más arriba, a pasitos pensé yo, pero entonces aquí ya luego de una larga subida de casi hora y media llegué a una estación de servicio donde consulté para armar la carpa y me dejaron pero armarla en el piso del estacionamiento atrás, ya que el dueño no quería sobre el césped, ya cansado y sabiendo que al día siguiente me quedaba un tramo de más subidas opte por esperar que se vaya el sol, armar la carpa y dormir. Fue así que al programar la alarma del celular veo que el cuartel de BBVV estaba a dos cuadras de la estación de servicio, pero como ya tenía todo armado decidí pernoctar ahí mismo. Noche tranquila sin sobresaltos, bien abrigado de antemano, logré pasarla casi sin frío en esta oportunidad, armar todo nuevamente y volver a la ruta una vez más. Según los mapas del celular tenía todo subida, hasta el desvió de la ruta 40 hacia el oeste, rumbo a Cholila, y así fue, con mucha paciencia y tranquilidad arremetí contra lo que recuerdo al menos dos subidas largas, una con curva y contra curva, la última prácticamente en línea recta y a descansar junto a los carteles que rezaban Cholila a 30 km, empezaba a emocionarme, dimensionar lo cerca que estaba de completar otro más que importantísimo tramo y llegar a un lugar donde tendría techo por unas semanas y podría descansar, aunque sea los domingos, y dejar de lado un tiempo la costumbre de tener la incógnita diaria de donde dormiría. Pero vuelvo rápidamente a la realidad, sacudo esos pensamientos y me concentro en lo importante, aun no llegue a destino, y no estoy ajeno a tener cualquier percance que pueda en un segundo arruinar todo lo previsto hasta el momento, asi que seguimos, sin prisa, pero sin pausa, como dicen. En este tramo hay más bajadas, son las que me llevan al valle y se pueden divisar las enormes montañas a ambos costados míos, vuelvo a detenerme en varias oportunidades para sacar fotos, innumerables paisajes, y no dejo de asombrarme de cómo voy con la bicicleta avanzando entre esos gigantes en dirección al pueblo. Faltando unos 12 km y viendo que es la última bajada hacia el valle me detengo viendo al costado una gran roca en forma de sillón, ya no encuentro sombra de árboles más que algunos pinares, pero del otro lado del alambrado, por lo que aprovecho la roca al menos para sentarme, comer unos sándwiches y unos mates. El sol se hace sentir, y no voy a negar que está bastante fuerte, pero no hace tanto daño como se suele sentir más al norte. Al reincorporarme al camino, y luego de una hermosa bajada en zigzag, descubro que quedan unas  subidas no tan bruscas para recién después acercarme al pueblo. Está ubicado en un lugar privilegiado del valle, la verdad es un lugar que atrae con la vista, con unos paisajes de película, sacados de un libro de cuentos. Sigo mi celular, y me marca el Hostel en el medio de un campo que no tiene nada, y es asi que preguntando a gente del lugar logro llegar al Hostel, luego de ir de una punta hasta otra del pueblo, pero en fin, me reciben dos chicas francesas que también estaban haciendo voluntariado (Wwoof), Helena y Violeta, estaban trabajando en una zona del invernadero y me llamo la atención ya que era Domingo. Más tarde llegarían dos chicas que se estaban hospedando allí, que son de Buenos Aires. Conozco a Darío y Laura, propietarios del lugar, me dieron la bienvenida y cenamos todos juntos, ya ni recuerdo que, pero seguramente alguna pasta. Provisoriamente dormiría en una especie de entrepiso que se utilizara para hacer yoga y micro cine en la temporada, es en la ampliación del hostel, esa noche me cuesta dormir, como de costumbre, ya que son un montón de diapositivas y sensaciones que se acomodan, archivan e imprimen en mi mente.

Al otro día no puedo creer lo que descubro con la claridad, a través de unos grandes ventanales que tiene la habitación donde estoy puedo ver hasta el final del valle, las montañas iluminadas por los primeros rayos del sol y donde empiezan las nubes que van tapando al fondo el comienzo de la cordillera, simplemente majestuoso, levantarse con esa vista ya adiciona un gustito especial al comienzo del día y la semana. Luego de un desayuno pausado, cargar unas cosas en la camioneta y armar mi mochila con agua, gorra y ropa de trabajo acompaño a Darío hasta su cabaña, que está en un cerro hacia el Lago Mosquito, del otro lado del pueblo, dejamos la camioneta del otro lado de un arroyo, ya que el caudal es importante y la correntada también, subimos caminando con las cosas a cuestas, una interesante subida que alcanza a agitarme bastante, y una vez arriba quedo maravillado con todo. Primero una casita hecho de adobe, maderas, chapas cartón, hecho por antiguos voluntarios, con cocina, lugar para tres camas pequeñas y hasta un invernadero pequeño adentro, lo que genera algo de calor; seguido un baño seco y más adelante una casilla de máquinas y al lado de la cabaña principal una casa de herramientas pegada a una casilla de extracción de miel que esta mas nueva y construida más prolijamente, adivino quizás porque como comercializan la miel deberían cuidar ciertas normas al respecto. La cabaña principal se fue haciendo en etapas, tiene dos pisos, y la verdad es muy sólida y calentita adentro, tiene en el living principal una pared vidriada que da al lago, y la verdad es una vista soñada y no tiene precio, simplemente espectacular. Seguido viene una bajada entre las tupidas mosquetas hasta llegar al Lago, allí hay un bote pequeño atado con candado, que se usa para pescar. Aquí arriba es donde ayudare en tareas varias, de jardín, o mantenimiento y espero pasar hermosos días, junto a Tronco, Chapa y Lenga, los perros del lugar, mas allá del frio que aún no se quiere ir, definitivamente el paisaje va a ser lo que me alimente el alma en estas semanas, ya que al subir o bajar, volver al Hostel caminando por el pueblo, a veces cuesta creer que estoy  en este lugar, pienso una y otra vez como se van sucediendo las cosas o si uno es quien realmente hace que las cosas sucedan, pero eso sí, sé que aún hay muchas más cosas, momentos, personas y lugares nuevos por conocer!!!!.

Hasta la próxima!!!